Bienvenido a una realidad ontológicamente distinta


domingo, 23 de octubre de 2011

"Aprender a morir"


El libro de los filósofos muertos (fragmento)
Simon Critchley
Aprender a morir: Sócrates
Por convención se considera que la filosofía empieza con el proceso y ejecución de Sócrates, que fue condenado a muerte por las acusaciones falseadas de Meleto, Anito y Licón. Se formularon dos acusaciones contra él: corromper a la juventud de Atenas y negarse a reverenciar a los dioses de la ciudad. Según la versión de Platón, existe además una tercera acusación, que consistía en que Sócrates había introducido sus propios dioses «nuevos». Sea cual fuere la veracidad de esta última acusación, Sócrates siempre afirmó seguir su propio daimon, lo que Cicerón denominaba «algo divino»: un dios o un espíritu personal, aquello que uno tiende a considerar su conciencia. Sin embargo, el daimon de Sócrates no era ninguna «voz interior», sino una señal u orden exterior que le hizo parar en seco.
Se dice que la muerte de Sócrates es como el juicio político de escarmiento y ejecución de un disidente inocente a manos de un Estado tiránico. Sin embargo, no debe olvidarse que Sócrates contaba con algunos personajes bastante reaccionarios entre sus seguidores. Critias, discípulo de Sócrates, fue el líder del antidemocrático reino de terror de los Treinta Tiranos, en 404-403 a.C. También cabe recordar que, según Jenofonte, la única vez que Sócrates aconsejó a uno de sus discípulos que entrara en política, el interesado fue el reacio Cármides, otro de los Treinta Tiranos que murieron en el campo de batalla junto a Critias. Por último, Alcibíades, el apuesto, carismático y disoluto aristócrata que irrumpe borracho en el Banquete de Platón, desertó de Atenas en beneficio del enemigo en dos ocasiones: una vez con los espartanos y otra vez más con los persas. Sócrates, sobre todo en la versión dada por Platón en la República, no es ni mucho menos un admirador de la democracia y podría considerarse justificadamente que sus enseñanzas fomentaron la desilusión sobre la democracia entre los aristócratas de derechas.
La muerte de Sócrates es una tragedia en muchos actos. De hecho, Hegel afirma que el juicio a Sócrates es el momento en que la tragedia abandona el escenario y entra de lleno en la vida política, convirtiéndose en la tragedia de la corrupción y derrumbe de la propia Atenas. Platón dedica nada menos que cuatro diálogos a los acontecimientos que rodearon el juicio y la muerte de Sócrates (Eutifrón, Apología, Critón y Fedón), y además tenemos la Memorabilia y la Apología de Jenofonte. En el Fedón, que generalmente se considera el último de los cuatro diálogos de Platón, las palabras de Sócrates están impregnadas de la creencia pitagórica de Platón sobre la inmortalidad del alma. Pero la Apología, que es anterior, da una versión bastante distinta de la cuestión. Sócrates dice que la muerte no es en absoluto un mal, sino al contrario, algo bueno. Una vez dicho eso, la muerte consiste en una de estas dos posibilidades:
O bien es aniquilación, y los muertos no tienen conciencia ni nada; o bien, según nos dicen, es realmente un cambio: una migración del alma desde este lugar hacia otro.
Pero Sócrates insiste en que, independientemente de cuál de esas posibilidades sea la verdadera, la muerte no es algo de lo que haya que tener miedo. Si es aniquilación, entonces es un largo descanso sin sueños, y, ¿hay algo más agradable que eso? Si es un tránsito hacia otro sitio, es decir, hacia el Hades, entonces también es algo deseable, puesto que allí encontraremos a viejos amigos y a los héroes griegos, y podremos conversar con Homero, Hesíodo y el resto de la inmortal compañía.
Se cuenta otra anécdota sobre Sócrates: cuando le dijo un hombre: «Los Treinta Tiranos te han condenado a muerte», él contestó: «Y la naturaleza a ellos». Sócrates se impone a sus acusadores y al jurado, afirmando que deberían afrontar la muerte con confianza. Tras ser condenado a muerte, Sócrates concluye su discurso con las siguientes y extraordinarias palabras: “Ahora es el momento de que nos marchemos, yo a morir y vosotros a vivir; pero quién de nosotros tiene un destino más feliz es algo que sólo Dios sabe.
Estas palabras sintetizan la actitud filosófica clásica hacia la muerte: no es algo que haya que temer. Por el contrario, la vida debe vivirse precisamente en relación con la muerte. Las últimas y enigmáticas palabras de Sócrates —«Critón, deberíamos ofrendarle un gallo a Asclepio»— articulan la visión de que la muerte es la cura para la vida. Asclepio era el dios de la curación, y la ofrenda de un sacrificio era algo que hacían antes de irse a dormir quienes padecían alguna dolencia con la esperanza de despertarse curados. Así, la muerte es un sueño curativo.
Lo que hay que subrayar de la actitud de Sócrates hacia la muerte en la Apología es que aunque la muerte podría ser cualquiera de las dos posibilidades consideradas, nosotros no sabemos cuál es la verdadera. Es decir que la filosofía es aprender a morir, pero lo que se aprende no es conocimiento. Ésta es una cuestión esencial. Lo que enseña la filosofía no es una suma cuantificable de conocimientos que puedan comprarse o venderse como un bien en el mercado. Eso es asunto de los sofistas —Gorgias, Pródico, Protágoras, Hipias y los demás—, cuyos puntos de vista son desmontados sin tregua por Sócrates en los diálogos de Platón. Aunque el propio Sócrates es descrito como un sofista por un irreverente Aristófanes en Las nubes, los sofistas fueron una clase de docentes profesionales que apareció en el siglo V a.C., que ofrecía instrucción a los jóvenes y exhibiciones públicas de elocuencia a cambio de unos honorarios. Los sofistas eran maestros de la elocuencia, «con lengua de miel», como dice Filóstrato, que viajaban de ciudad en ciudad ofreciendo sabiduría a cambio de dinero.
En contraposición con los carismáticos sofistas, de ropajes a menudo coloridos, que llegaban prometiendo conocimiento, el mal vestido y más bien feo Sócrates parece encarnar tan sólo una débil paradoja. Por un lado, Sócrates es declarado el hombre más sabio de Grecia por el Oráculo de Delfos. Por otro lado, Sócrates siempre insiste en que él no sabe nada. Por tanto: ¿cómo es posible que el hombre más sabio del mundo no sepa nada? Esta aparente paradoja se esfuma cuando aprendemos a distinguir entre sabiduría y conocimiento, y nos convertimos en amantes de la sabiduría, es decir, en filósofos.
Por ejemplo, en la República, el objeto de estudio es la justicia. «¿Qué es la justicia?», se pregunta Sócrates, y se discuten, se desarman y se rechazan diversas visiones más o menos convencionales de la justicia. Pero en los libros centrales de la República, Sócrates no ofrece a sus interlocutores una respuesta a la cuestión de la justicia ni una teoría de la justicia. En cambio, nos presenta una serie de historias —de las cuales la más famosa es el mito de la caverna— que nos indican indirectamente la cuestión de que se trata. El camino a la justicia, se nos dice, sólo puede re-correrse orientando nuestra alma hacia el Bien, que para ser exactos no es una cuestión de conocimiento sino obra del amor. La filosofía comienza, pues, con el cuestionamiento de las certezas en el ámbito del conocimiento y el fomento de un amor por la sabiduría. La filosofía es erótica, no sólo epistémica.
Nunca ha sido más importante que ahora subrayar esa distinción entre filosofía y sofistería. Estamos rodeados por incontables sofisterías nuevas. Los telepredicadores ofrecen conocimiento solvente de la verdadera palabra de Dios y realizan curas milagrosas a cambio de una adecuada donación a la causa. Toda una industria de New Age ha surgido, donde el Conocimiento (con C mayúscula) de algo llamado Uno Mismo (con mayúsculas) se compra y se vende en envoltorios caros y de vivos colores. Estoy escribiendo estas líneas en el West Sunset Boulevard de Los Ángeles, no lejos del palaciego «Centro para la Autorrealización», con sus lujosos jardines, un santuario en un lago, arquitectura hindú de dudoso gusto y costosos programas para mejorar el autoconocimiento espiritual y la comunión con Dios.
Creo que es justo decir que las sociedades occidentales, y no sólo ellas, están experimentando un profundo vacío de sentido que corre el riesgo de convertirse en un abismo. Este hueco está siendo ocupado por diversas formas de oscurantismo que conspiran para promover la creencia de que, primero, puede conseguir-se algo llamado autoconocimiento; segundo, eso tiene un precio; y tercero, que es perfectamente coherente con la búsqueda de la riqueza, el placer, y la salvación personal. En cambio, Sócrates nunca pretendió saber, nunca prometió conocimiento a los demás y, lo que es crucial, nunca aceptó unos honorarios.
Lo que revela ese deseo de certidumbre es un profundo terror a la muerte y una ansiedad abrumadora por saber con seguridad que la muerte no es el final, sino el paso a la vida del más allá. Es cierto, si la vida eterna tuviera un precio de entrada, ¿quién no estaría dispuesto a pagarlo? En contraste, es sorprendente volver a Sócrates y su escepticismo. No sólo manifiesta su incertidumbre sobre a la vida después de la muerte, sino que también plantea la cuestión de qué es preferible, si la vida o la muerte. El filósofo es el amante de la sabiduría que no pretende saber, sino que expresa una duda radical respecto a todas las cosas, incluso respecto a si la vida es un estado mejor que la muerte. «Sólo Dios lo sabe», fueron las últimas palabras de Sócrates en su juicio. De hecho, Diógenes Laercio, autor de la muy influyente obra Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, del siglo III d.C., cuenta una historia fascinante sobre Tales, generalmente considerado como el primer filósofo. Sostenía que no había diferencia entre la vida y la muerte. «¿Entonces por qué no te mueres?», le preguntó uno. «Porque no hay diferencia», respondió. Ser filósofo, pues, es aprender a morir; es empezar a cultivar la actitud adecuada frente a la muerte. Como escribió Marco Aurelio, «una de las funciones más nobles de la razón es saber si es hora de dejar este mundo o no». Ignorante e inseguro, el filósofo sigue adelante.


1.       ¿Qué opina Sócrates acerca de la muerte en el diálogo de Platón “Apología”?
2.       ¿Cuáles son las dos posibilidades en las que consiste la muerte?
3.       ¿Por qué insiste Sócrates en que no hay razón para temer a la muerte?
4.       ¿Por qué podemos considerar –según Sócrates- a la muerte como un sueño curativo?
5.       ¿Por qué dice el autor de este fragmento que la filosofía nos facilita la actitud de “aprender a morir”?
6.       Escribe tu opinión sobre el significado de sofistería acerca de lo que dice Simon Critchley (autor del artículo).
7.       ¿Cómo afrontan las sociedades occidentales el profundo vacío de sentido del que han sido presas en tiempos recientes?
8.       ¿Qué hay detrás del desesperado deseo de certidumbre acerca de la muerte en las sociedades occidentales?


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